
EL PIANO XAROCHO
Camerata de Voces e Instrumentos Tradicionales del Son Jarocho de México, el Joropo Colombo-Venezolano y el Fandango Español del Siglo XVIII
“FANDANGOS DE IDA Y VUELTA”
CLAUDIA CALDERÓN, Piano Solista y
Dirección Artística
El Piano Xarocho es un proyecto de cámara que recrea la tradición musical jarocha veracruzana de México, ampliada en forma barroca y contemporánea a través del espectro afrocaribeño del Fandango, del joropo colombo-venezolano y del ancestro musical árabe-andaluz.
Se trata de la incorporación inédita del piano a la música jarocha, ocupando un lugar como solista y acompañante y desplegando la amplitud de su registro sonoro y potencial cromático, así como el colorido tímbrico y expresivo propios de este universal instrumento.
Partiendo del estudio y síntesis de versiones antiguas ejemplares, hemos elaborado esta colección de piezas jarochas enriqueciéndolas con variantes armónicas y matizaciones, haciendo énfasis en los contrastes, incorporando ‘registros’ o cadenzas de solista, así como integrando elementos característicos del joropo colombo-venezolano y técnicas de composición contemporánea: ampliación de los conceptos formales, profundización de la complejidad textural y creación de timbres nuevos a través de juegos rítmicos de jaranas, requinto y violoncello, dúos de piano y violín, requinto jarocho con armónica, mandolina con contrabajo, voces alternadas con zapateado, solos de piano, pandero y quijada, etc.
El Piano Xarocho se ha presentado en el Latin Passion Festival de Hong Kong en China en 2005, en Puerta de las Américas en México D.F. y en el Festival Afro-Mex en Washigton D.C. en 2006; en el Festival Agustín Lara en Tlacotalpan, el Teatro Clavijero en Veracruz, el Festival Iberoamericano de las Lenguas en Zempoala, el Festival Internacional del Centro Histórico de Campeche 2006, la Sala Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia y la Universidad Eafit de Medellín en 2010, la Casa del Lago de Chapultepec en México DF, el Teatro Mayor de Bogotá y en algunos Fandangos pueblerinos en el Estado de Veracruz.
***
INTEGRANTES:
• Claudia Calderón, piano y dirección artística
• Ramón Gutiérrez, guitarra de son o requinto jarocho y canto
• Andrés Tereso Vega, jarana, armónica, quijada y canto
• Patricio Hidalgo, jarana, improvisación poética y canto
• Zenén Zeferino, jarana, improvisación poética y canto
• Andrés Flores, jarana, pandero, quijada y canto
• Rodrigo Díaz, violoncello (España)
• Aleph Castañeda, contrabajo
• Natalia Arroyo, violín***
FANDANGOS DE IDA Y VUELTA
La Camerata del Piano Xarocho cristaliza un sueño que conjuga varios grupos y solistas, culturas, lenguajes y países, integrando instrumentos de la tradición oral mexicana con instrumentos clásicos europeos. Entre las mercancías y tesoros del Viejo Mundo que llegaron en los galeones con los traficantes, marineros, buhoneros, comerciantes y músicos vagabundos, vinieron los ‘cantes de ida y vuelta’, cancioneros, tradiciones, formas arcaicas y estilos, danzas campiranas y bailes de salón, música emancipada de sus contextos rituales.
En 2006 obtuve una beca del gobierno mexicano para realizar un proyecto de investigación y creación semejante al realizado con el Piano Llanero (sobre el joropo de Colombia y Venezuela) pero con la música del son jarocho veracruzano de México. Dada la afinidad de orígenes y rasgos entre éste y el joropo, quise ampliar mi búsqueda hacia el llamado ‘espectro del fandango’: “arco intangible de esta complicidad circular de ida y vuelta”, punto de partida y verdadero crisol generador de formas y variantes que se siguen multiplicando “en las aguas erotizadas del Caribe”, como apunta el historiador mexicano Antonio García de León en su libro El Mar de los Deseos, México 2005.
La palabra ‘Fandango’ es una típica expresión afroespañola del mundo colonial que se refiere a un género en tono menor. En el mundo jarocho tiene además la acepción de ‘fiesta’ y probablemente deriva del kimbundu angolano fanda, que es fiesta o ‘convite’ más una desinencia hispana. (A.G.deL.)
Los ‘fandangos de ida y vuelta’ fueron músicas de trovadores, bailadores e improvisadores que cruzaron varias veces el Atlántico, transformando su elegancia ibérica y recato europeo bajo soles caniculares y sensualidad tropical, tiñéndose de paganismo y africanidad, en danzas del vientre prohibidas y exorcizadas por la Inquisición. Fue en la memoria de estos músicos aventureros y sus guitarritas renacentistas, hoy cuatros y jaranas, bandolas y requintos, donde viajaron cadencias y coplas de Folías y Peteneras, Malagueñas y Zapateados, Fandangos y Fandanguillos, Soledades y Puntos de Navegante, romances, cantes y aires de la España sefardí, formas de baile andaluces y canarias que se fueron arraigando en el suelo americano, primero en las costas y luego en las llanuras del continente. Estos cancioneros ternarios coloniales, de temáticas religiosas y profanas, se fueron refugiando en el campo conformando el ‘fandango de tarima’ y el ‘son jarocho’ en un proceso de aculturación, sincretismo y mestizaje. (A.G.deL.)
La temática del fandango jarocho reúne la historia del Sotavento: la lírica amorosa, la ganadería, arquetipos populares, comercio colonial, marinería, guerras y destierros, picaresca, creencias y mitos así como temas costumbristas: ganadería transhumante, danzas de mujeres con cocuyos en el peinado, duelos caballerescos, amores tropicales, etc.
La poética del ‘son’ jarocho, herencia de fragmentos de viejos romances, de la literatura teatral y lírica del Siglo de Oro, cancionero de coplas sueltas errantes que viajaban en la voz de trovadores itinerantes, fandangueros transhumantes y músicos profesionales que recorrían el mundo jarocho de punta a punta, se combina en dos partes: el ‘verso’ y el ‘estribillo’. Muchas coplas son aprendidas pero conservan márgenes de improvisación. La mayoría de los sones, así como el joropo, se canta en versos octosílabos, en cuartetas, décimas y seguidillas, “…arborescencias del son y de la copla”, como dice Antonio García de León, “universo de referencias, sitios reales e inventados, personajes, recuerdos de potencias naturales, animales, levas, guerra, oleajes, prisiones, amores imposibles, humor y ambivalencias del Barroco…”
Desde el siglo XVII aparece ‘jarocho’ como un término despectivo de casta para marcar al descendiente de negro e india, también llamado ‘zambo’ o ‘pardo’. La palabra al parecer significaba ‘puerco de monte’ en su original acepción andaluza, o portador de la ‘jara’ o garrocha, una lanza provista de un cuchillo en forma de media luna, utilizada para arrear e inmovilizar al ganado. Por su origen social y costumbres, los jarochos son equiparables a los guajiros de Cuba, a los jíbaros de Puerto Rico y a los llaneros de Venezuela y Colombia, pueblos en gran medida formados por indios y negros cimarrones. (A.G.deL.)
La semejanza entre el joropo y el ‘son jarocho’ se revela en primera instancia en su instrumentación, en muchas de sus formas actuales, estructuras armónicas, métrica y rítmica, su carácter de música al aire libre, el contrapunteo entre copleros repentistas y las temáticas románticas del Siglo de Oro español, la épica de la tierra y la marinería, la ganadería, el caballo y la llanura, religión y magia, poesía portátil que se lleva de un lugar a otro, rimas viajeras cabalgando y navegando en los galeones de puerto en puerto, a merced de las tormentas del Caribe y sus interminables fiestas y carnavales en tierra, o alrededor de una tarima de madera iluminada con candelas, en noches de fogatas y pasiones.
En nuestro proyecto hemos querido establecer un puente no sólo geográfico entre géneros y músicos, sino histórico, yendo hacia versiones escritas que compositores tan ilustres como Luigi Boccherini (1743-1805) hicieran del Fandango español, en su célebre versión para guitarra y quinteto de cuerdas.
Hemos querido interpretar este fandango dándole un sabor de retorno a lo popular, de reencuentro con la tradición oral de donde provino, junto al refinamiento y exquisitez barroca adonde fue llevado el género por otros compositores como Antonio Soler y Domenico Scarlatti.
La incursión en el Air de Cour “A la fin cette Bergére”, de Anthoine de Boesset (1586-1643) ocurrió sorpresivamente, al encontrar allí un estilo tan profundamente arquetípico, una conjunción de armonías, fraseos y respiraciones que nos resultan tan familiares, el carácter cíclico, la rítmica ternaria con ambivalencias binarias, el círculo armónico: de pronto encontramos allí un género de tan evidente origen popular por su incuestionable contundencia, llevado a la exquisitez y al refinamiento por un autor de la corte francesa, perpetuando así un lenguaje colectivo, una cultura viva y danzante.
En estos tiempos en que todas las épocas y geografías se confunden y donde pareciera que estamos llegando sin darnos cuenta a un Aleph insoportable de simultaneidades, el Piano Xarocho es un pequeño caleidoscopio para conocer tradiciones vivas actuales, un prisma de recuerdos y de invenciones, historias y memorias, revelaciones y recreaciones por sintetizar.
A diferencia del joropo, cuya música se aleja de la danza y se convierte cada vez más en un género de solistas y en música de espectáculo, en el son jarocho aún prevalece un carácter colectivo, celebratorio, ritual, ejemplificado en los fandangos de tarima del Sotavento veracruzano. En fiestas interminables durante toda la noche, se integran sin restricciones bailadores, músicos y asistentes al 'fandango' (o ‘huapango’ de tarima, en torno a un tablado de madera sobre el que se ejecuta el zapateado), el cual –repetido ad infinitum– crea un efecto religioso y va produciendo una catarsis como de mantra en todos los presentes.
Empezando con sones grandes y tan alegres como el Siquisirí, el Buscapiés, el Balajú, el Aguanieves y el Zapateado, que nos remiten a bailes populares y cortesanos del Barroco y al arte del danzado andaluz y los saraos de la Nueva España, se escuchan en la madrugada los sones de Petenera, la Lloroncita, Los Chiles Verdes a la hora melancólica de las despedidas al alba.
El requinto jarocho, jabalina o guitarra de son, especie de vihuela de cuatro cuerdas, es el instrumento líder en el conjunto tradicional y revela su parentesco con el Caribe español: derivado de la guitarra punteada colonial, su sonoridad, con fuertes reminiscencias árabes se asemeja a la bandola llanera, al cuatro de Puerto Rico, al tres cubano y la mejoranera panameña. Se ejecuta con un plectro de cuerno y la persistencia de su cuarta cuerda suelta, le da la coloratura al conjunto, recordando el Oud árabe y otros instrumentos del Norte de África.
Tradicionalmente el son arranca con la melodía declaratoria del arpa o requinto, a la cual se suma el ataque de las jaranas. Éstas, por la etimología de su nombre, aluden a la alegría. El pregonero lanza la copla y otro cantador le responde casi siempre repitiendo dos partes del verso en espejo, una simetría característica y esencial en todo el son jarocho que se mece como en un vaivén. Como casi todos los instrumentos jarochos, las jaranas son enterizas, es decir labradas en una sola pieza de madera lo que les confiere un carácter casi prehistórico. Como el cuatro colombo-venezolano, descienden de la guitarra renacentista siendo cercanas a la guitarra barroca italiana, poseen cinco órdenes y se afinan principalmente en Do, a diferencia del cuatro, afinado en Re, y se caracterizan por una sonoridad más grave y más llena, como de guitarras ejecutadas con la técnica de rasgueo y percusión, ocasionalmente punteadas. Existen de varios tamaños: jaranas primeras, segundas, terceras, tercerolas, mosquito, etc., y conservan una docena de afinaciones antiguas así como un elemento ‘oriental’ que es la cuerda prima suelta, la cual mantiene una nota pedal armónica constante.
Como en la música llanera, el piano retoma el lugar del arpa, creando junto con los bajos una plataforma armónica y percusiva de basso continuo. El violín, el violoncello y el contrabajo complementan el ensamble actual, que incluye además instrumentos de percusión como el pandero hexagonal –de reciente aparición en el son jarocho– y la quijada de burro o de caballo, además del papel rítmico, coreográfico y percusivo que añade la bailadora en tarima, más apropiado al aire libre o en escenarios grandes, cuando se trata de espectáculo. Las convenciones tradicionales de la danza incluyen originalmente sones de pareja, de a montón, de varias parejas y de figuras especiales. (A.G.deL.)
El son jarocho está sacudido por la modernidad y la globalización. Como nos dice nuevamente Antonio García de León, se ha creado “una fisura entre Historia y Memoria, haciendo penetrar construcciones imaginarias…” como la nuestra.
Reunir un ensamble como éste y llevarlo al estrado de concierto implica el reto de seleccionar, recortar, transformar y enriquecer un material musical ya complejo y variado, con otros recursos formales, contrastes, proporciones, exploraciones texturales, búsqueda de claroscuros, solos y tuttis alternos y toda la gama que la imaginación pueda desarrollar reinventando la memoria, desde lo más concretamente popular hasta lo más abstractamente contemporáneo.
Los integrantes del Piano Xarocho forman parte de otros grupos vigentes:
el destacado grupo Son de Madera, fundado en 1992 y registrado por el Instituto Smithsonian Folkways Recordings en Washington, los grupos Quemayama y Sonoro Sueño, sucesores del grupo Chuchumbé, el grupo Caña Dulce y Caña Brava y la Camerata Jarocha dirigida por el violoncellista español Rodrigo Díaz, así como el Piano Llanero de Claudia Calderón.***

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